Artículo publicado en la Revista Vida y Mujer del Estado de Colima
EDUCAR PARA
LA RESILIENCIA. ¿NOS ENSEÑAN A TOLERAR Y ENFRENTAR LAS ADVERSIDADES?
Tenemos
una serie de currículum en un compendio de Universidades, abastecido de
conocimientos, asignaturas propiamente formadas para una asimilación teórica,
sin embargo, al tratarse de aprendizajes basados en una educación emocional, la
rotura de esquemas tradicionalistas es el ruido primero al no llevar ni
contemplar una pedagogía ad hoc al contexto actual, inmediato, emergente y
urgente que se vive. Podemos entender la conceptualización de las asignaturas para
memorizarnos ciertos contenidos, pero al tratarse de la comprensión en el
dominio emocional, no ha habido un proceso pedagógico para manejarlas, ni menos
aún, canalizarlas con la intención más positiva posible.
Hablando
de lo mismo, Aristóteles cristaliza las primeras nociones en su tratado de Ética a Nicómaco “cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy
sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el
momento oportuno. Con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente,
no resulta tan sencillo”. En lo fundamentado se observa que las emociones son
la causa de la impulsividad y además de muchos arrepentimientos por el desfase
incontrolable, siendo sencillo dejarse ir ante el primer estímulo reactivo, en
lo diferente a que si pudiera gestionarse de mejor manera dando como resultado
un control emocional para repensar la situación tomando la medida más correcta
en tal momento de dificultad. Por ejemplo, pueden estar un cúmulo de personas
laborando, y aparecer de repente algún directivo bastante agresivo con el
objetivo de simplemente desahogar su desdicha, reclamando sin tacto al primer
trabajador que encuentre, junto con la intención de hacer enojar al otro,
¿estás dispuesto a conflictuarte o a negociar?
En
el caso del amor, de acuerdo a Daniel Goleman “los sentimientos de ternura y la
satisfacción sexual activan el sistema nervioso parasimpático”, pero si
sucediera en otro ejemplo, que dicho vínculo afectivo se fracturara por algún
tipo de infidelidad donde el sujeto (hombre o mujer) afectado se percatara de
ello, ¿cuántas emociones conglomeradas imposibles de pensarse para gestionar
una respuesta positiva, se tendrían? Acordando que una respuesta positiva no es
la permisividad, ni tolerancia que intercambie la dignidad, se trata de manejar
las emociones para no reaccionar ante el primer impulso el cual desemboque en
un hecho trágico, un asesinato o suicidio.
De niño, ¿quién tuvo miedo a la
oscuridad? Al hablarle a mamá o papá para que nos contarán historias
fascinantes en donde los valientes enfrentaban los desafíos, nos motivaban y
nos hacían creer en nuestro potencial. Congruente al tema, daré a conocer mi
experiencia muy personal, remembrando cuando mi padre al enseñarme andar en
bicicleta tuvo que educarme para vencer el miedo a caer, para ello me implantó
una analogía mediante una frase muy conocida, reluciendo a Yoda en Star Wars
(creo que el público lector también hará un feedback) “el miedo es el camino
hacia el lado oscuro, el miedo lleva a la ira, la ira al odio, el odio al
sufrimiento”.
Entonces, imaginemos a un discente
sentado en el último lugar de una mesa, donde todos salen al recreo, el niño se
queda mirando a las paredes, observa su desayuno con las ansias de compartir
las risas, pero sabe que lo acecha un compañero para violentarlo, o bien, los
problemas vistos en casa viajan por sus ojos en toda la sesión de clases,
deprimiéndolo, evitando una relación social con sus demás amigos, ¿afectarán
las emociones en el rendimiento escolar? Es primordial definir en primer sitio,
a la inteligencia emocional como “la habilidad de percibir, valorar y expresar
emociones con precisión; la habilidad de acceder y generar sentimientos para
facilitar el pensamiento; la habilidad para comprender emociones y conocimiento
emocional; la habilidad para regular emociones que promuevan el crecimiento
intelectual y emocional” de acuerdo al Dr. John Mayer de la Universidad de New
Hampshire y al Dr. Peter Salovey de la Universidad de Harvard.
Comprendiendo que, se fundamenta
totalmente la educación de la inteligencia emocional durante las horas
escolares, esto con el fin de crear beneficio psicológico y estabilidad en las
actitudes, promoviendo la mejoría en el aprendizaje. Ahora bien, recobrando el
punto, la salud mental no reside únicamente en mantener un estado psicológico
inamovible, donde si hubiera una situación generadora de estrés, tristeza o
dolor el sujeto fuera inmutable, en absoluto se hace referencia a ello, más
bien se enmarca en alcanzar la resiliencia, cuyo concepto significa “capacidad
de recuperarse, sobreponerse y adaptarse con éxito frente a la adversidad y de
desarrollar competencia social, académica y vocacional pese a estar expuesto a
acontecimientos adversos, al estrés grave o simplemente a las tensiones
inherentes al mundo de hoy”, así lo respalda la Dra. Elvia Marveya Villalbos
Torres de la Universidad Panamericana.
Cabe subrayar que otra definición de
la resiliencia se fundamenta en la propiedad de los metales, para resistir
cambios de temperatura que lo deforman, teniendo la capacidad de volver a su
estado original aún con las condiciones expuestas, así el humano,
emocionalmente maneja la capacidad de soportar las situaciones a veces
difíciles para conseguir regresar a su estado básico, con la condición de tener
mayor fortaleza.
Para extraer resiliencia emocional
es necesario, antes que todo, educar la inteligencia emocional, citando a Marco
Antonio Villalta Páucar y Eugenio Saavedra Guajardo, dicha publicación de la
Universidad Central de Venezuela, expone un gráfico sugerente llamado Escala de Resiliencia SV – RES.

Como puntos sobresalientes, se
muestran en la tabla los factores de autonomía, autoeficacia, y las competencias
de Grotberg “Yo soy, Yo estoy, Yo tengo, Yo puedo” estos últimos son
indicadores de autoestima, valoración propia en resolución de problemas,
evaluación del ser a partir de acciones que solucionen adversidades, es decir,
la identidad propia, el “Yo” en la resiliencia, juega el papel más importante,
debido a que este factor consciente de la esencia, recursos, y capacidades
propias que como único e irrepetible ser humano, son generadores de fuerza para
salir adelante en cualquier situación. Por ejemplo “tengo un problema de
inestabilidad afectiva con mi pareja, pero sé que Yo puedo y tengo que resistir”.
En resumen, el gráfico como valoración de la resiliencia mide a partir de las
competencias “Yo soy, Yo estoy, Yo tengo, Yo puedo” la autoestimulación y
automotivación para afrontar las adversidades.
A manera de conclusión, educar la
resiliencia exige primero una pedagogía en la inteligencia emocional,
finalmente porque ese impulso por estimulación externa llamada emoción, al ser
educada, se obtiene una mejor gestión para evitar sucesos trágicos, depresores,
psicopatológicos, o destructivos, además de generar asertividad, capacidad para
sostener explícitamente lo que nos parece o no, no se basa en reprimir, sino
que dirigir de la manera más sensata los estados de ánimo. Además, educar para
afrontar adversidades es sinónimo de que el docente tiene la capacidad de ser
un coaching, reputado por cierto, al motivar a sus alumnos para hacer frente a
los desafíos diarios, teniéndole como ejemplo de fortaleza, liderazgo y coraje
ante cualquier problema, agregando que el éxito de la resiliencia no se
fundamenta en dejar de sentir ante las futuras situaciones estresantes, sino en
la lucha por ganar ante dichas circunstancias.